Su mano sobre mi muslo, su mirada lejana en un punto ajeno, extraño a mi cuerpo.
Sospecho la saliva mojando sus labios germinó de una idea como ortiga, punzando profundo toda boca que bese.
Temo atraer sus ojos, la subsecuente cisura astillando el dintel de la puerta de mi alma.
Tren de la capital a la ciudad del oeste
Más allá de la ventana se suceden como los días
las casas, las aulagas, los postes, las tablas bajo las vías.
Yo observo ensombrecido de pronto por la estrechez del camino
iluminado en otros instantes por la luz que cae desde un cielo despejado
con la vista atrapada por cualquier árbol, ortiga o cabeza de ganado
irrumpiendo en las repeticiones cromáticas de los vergeles.
De pronto se abre el camino multiplicándose el acero
y por alguna razón absurda, y por lo mismo romántica,
me gustaría estar escribiendo estas líneas desde aquél vagón abandonado
con un cigarro entre los labios, quiescente mientras enfrente
los trenes rompen el aire violentos, llenos de sueños, promesas perdidas, y miradas ahogadas en hastío.
las casas, las aulagas, los postes, las tablas bajo las vías.
Yo observo ensombrecido de pronto por la estrechez del camino
iluminado en otros instantes por la luz que cae desde un cielo despejado
con la vista atrapada por cualquier árbol, ortiga o cabeza de ganado
irrumpiendo en las repeticiones cromáticas de los vergeles.
De pronto se abre el camino multiplicándose el acero
y por alguna razón absurda, y por lo mismo romántica,
me gustaría estar escribiendo estas líneas desde aquél vagón abandonado
con un cigarro entre los labios, quiescente mientras enfrente
los trenes rompen el aire violentos, llenos de sueños, promesas perdidas, y miradas ahogadas en hastío.
La vida que regresa
Hoy de nuevo como en otro año
vi la vida en tu pupila dilatar.
Sonreía. Casi hablaba.
Bailaba al verte caminar.
Me besaste
y apareció todavía más de cerca
casi quemándome la piel.
vi la vida en tu pupila dilatar.
Sonreía. Casi hablaba.
Bailaba al verte caminar.
Me besaste
y apareció todavía más de cerca
casi quemándome la piel.
Más plagas
Proliferan lenguas lerdas
sobre páramos áridos de sangre
hecha cosecha de costra
a los que algunas llaman pantalla
otras Dios
otras Diablo
otras Nada
otras callan, simplemente
atizadas las entrañas
basta un soplo bronquítico
para hacerlas aires
ni fríos ni calientes
siquiera tibios, atérmicos,
quiescentes,
su dueño un cuerpo vacío
carcasa que se engaña torbellino
balde de agua álgida
rociada sobre rostros rapaces
como episodio de las sistemáticas
chaquetas mentales
arropándolo incluso durante el sexo.
sobre páramos áridos de sangre
hecha cosecha de costra
a los que algunas llaman pantalla
otras Dios
otras Diablo
otras Nada
otras callan, simplemente
atizadas las entrañas
basta un soplo bronquítico
para hacerlas aires
ni fríos ni calientes
siquiera tibios, atérmicos,
quiescentes,
su dueño un cuerpo vacío
carcasa que se engaña torbellino
balde de agua álgida
rociada sobre rostros rapaces
como episodio de las sistemáticas
chaquetas mentales
arropándolo incluso durante el sexo.
Suites de Bach en St. Giles
La mujer abre la piernas
y entra el violonchelo.
El sonido desnuda a los colores
del vitral a espaldas del púlpito
chorreando de gracia al calvario.
Los morados, los azules, los rojos,
el negro,
atraviesan la nave y visten
de caricias a la mujer sentando a mi lado.
A sus ojos siempre obedecieron
como vasallos de un tirano
el ambar y la esmeralda.
Quizá también el negro.
Helena, la guerra ha comenzado,
y la culpa es toda tuya.
y entra el violonchelo.
El sonido desnuda a los colores
del vitral a espaldas del púlpito
chorreando de gracia al calvario.
Los morados, los azules, los rojos,
el negro,
atraviesan la nave y visten
de caricias a la mujer sentando a mi lado.
A sus ojos siempre obedecieron
como vasallos de un tirano
el ambar y la esmeralda.
Quizá también el negro.
Helena, la guerra ha comenzado,
y la culpa es toda tuya.
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