Islas

Tengo una nueva casa al norte de la ciudad. Por las noches las paredes de mi cuarto crecen, haciendo de mi habitación un abismo. Me dejo caer.

Desde mi ventana, la más alta de los edificios georgianos, tizos tras el paso de los años, atrincherado por fusiles de chimenea, puedo vigilar el paso del viento sobre el callejón de West Scotland Street Lane.

Los vendavales agitan el marco y sus cristales durante toda la jornada. Desde el centro de la ciudad el viento se cuela entre callejones para descender hasta la boca del océano, visitando mi vecindario en el camino. El estuario de Forth aparece al fondo del paisaje cada vez que sigo su curso de regreso a casa. Su azul me hipnotiza, como el espejo en óvalo al centro de mi armario en la esquina de mi recámara.

Desde la cocina uno mira al oeste, el carnaval del cielo cuando el sol es sacrificado. El pico más alto es el de la Iglesia de San Vicente, marcando la hora al tope de la torre.

Debajo un parcelaje de jardines traseros, guardados por una escuadra de contrafachadas y sus venas negras de acero, cuya matriz de portillos despliega un show de luces y colores conforme los residentes habitan o abandonan sus hogares.

Las paredes hablan, y yo aún no entiendo su idioma. Por el momento, no me queda sino escuchar.

Batalla

A ella le encanta estar al mando.

Enreda y hiere su pureza
en alambrados de orgullo
ganado a pulso y pulmón,
mucha corrida encarnada,
desvelo
y embestidas contra quien fuera un fantasma
antes de que su padre muriera en los campos rufos
hace más de medio siglo.

Me mira sin hacerlo,
levanta caricias codiciosas
como ejércitos, mientras avara de simpatía,
deseosa de deseo,
con voz de estratega
susurra que me ama
contra el viento contra la ventana desajustada
testigo de mis desencantos con la ley,
y dice soy su infante consentido.

Vuelo

Las alas de obsidiana
del ave vigilante
revuelven el aire
alrededor de mi rostro. 
Con el solaz más sincero
y desarraigadas las torres
procurando el paisaje, 
sello los párpados
con pestañas céreas.

Tras el velo, eléctricos
testimonios de vida vagan
multicolores, caprichosos, 
mientras mis extremidades
simulan su tocante secuestro. 

La veo a ella conmigo, 
musitándome un respiro, 
y por tanto, reparo:
abandonado, ¡jamás! 

El alado aletea
vehemente,
desenraizando mis plantas
del tacto de la tierra –
y volamos juntos,
todos siempre. 

Dum spiro spero

Porque respiro, espero
el pulso de su ser
sobre mi cuerpo, su sangre
acompasada con su aliento
compartiendo su humedad
al tiempo que mata al tiempo
o por lo menos al peso de su paso.

Descenso

Sin tiempo para el lamento
Las hojas descienden de un árbol ya desnudo
Como ideas que permanecerán dóciles, siempre
Inmunes al pisoteo del transeúnte apresurado, 
Y la lozanía del olmo durmiente dejó 
En la mente del nostálgico abstracciones 
Como una red de minúsculos e irreparables agujeros.