(a Cy Twombly por recordarme sus ojos)
Feroz, Agosto, feroz.
Despierto y
lo viejo de tu rojo
niño del vacío,
junto al pellejo festín
enmarcado sin cristal
separando madera y lienzo
como aguas entre bestias amantes,
vienen a mí, feroz, con el musgo de Venecia,
Agosto,
desde la capota de yeso.
Feroz, Agosto, feroz,
me armo contra el tiempo
y sus estaciones.
Vacío.
Sobre el desierto
que algunos llamaron banqueta
descienden los ojos del cielo
voraces igual sobre mi cuerpo,
Agosto,
desnudándose para recibir a la noche
sobre la cama de arena.
Vacío, niño, vacío.
Feroz, Agosto, feroz sin su voz.
De presa a planta
La noche impele, violenta, contra éste, ahora un cuerpo inerte. Su madre no se encuentra cerca, un rostro desconocido ha zampado día a día las ilusiones del Todo. Huérfano desde hace años incluso tras dotar a la fotografía de movimiento.
La caballería, campante, pregunta si habrá de rescatarlo con su linda mirada. Adoptarlo. Prefiere no mirarlo, le provoca asco y las náuseas invaden incluso a los caballos –el establo vive bajo las mismas leyes de su castillo.
¿Cuántas las lunas vendadas? ¿Cuántas –pregunta el devorado– las restantes? ¿Cuáles murieron y dónde han sido enterradas? ¿Por qué parajes anda esta jornada el tragaldabas?
Quizá busca otra presa, pues de hastío su estómago ha infectado. La incertidumbre arremete contra los restos de sus entrañas, expuestos al soplo de la memoria. Ya la fuente no enrojece el paisaje, el bombeo cesó y no restituirá su movimiento incluso tras el regreso, ilusorio, del depredador.
Seres de rapiña circundan a la silueta tendida sobre el grafito de un boceto. En cuestión de segundos, sólo quedarán los huesos. En días, la alusión a la noción de un objeto. Poco después toda evidencia habrá emprendido su marcha, y la naturaleza rendirá homenaje a su difunto con un germen de olvido, de tallo morado y hojas quemadas amarillo.
La caballería, campante, pregunta si habrá de rescatarlo con su linda mirada. Adoptarlo. Prefiere no mirarlo, le provoca asco y las náuseas invaden incluso a los caballos –el establo vive bajo las mismas leyes de su castillo.
¿Cuántas las lunas vendadas? ¿Cuántas –pregunta el devorado– las restantes? ¿Cuáles murieron y dónde han sido enterradas? ¿Por qué parajes anda esta jornada el tragaldabas?
Quizá busca otra presa, pues de hastío su estómago ha infectado. La incertidumbre arremete contra los restos de sus entrañas, expuestos al soplo de la memoria. Ya la fuente no enrojece el paisaje, el bombeo cesó y no restituirá su movimiento incluso tras el regreso, ilusorio, del depredador.
Seres de rapiña circundan a la silueta tendida sobre el grafito de un boceto. En cuestión de segundos, sólo quedarán los huesos. En días, la alusión a la noción de un objeto. Poco después toda evidencia habrá emprendido su marcha, y la naturaleza rendirá homenaje a su difunto con un germen de olvido, de tallo morado y hojas quemadas amarillo.
Avante!
Hoy hablamos de diferencia hasta el cansancio. Por un lado, todos buscamos el epíteto de "hijos de la diferencia", por otro, lo somos sin darnos cuenta; adicionalmente, cuando deseamos concomitancias imposibles, escuchamos la pretensión de escisión por quien antes fuera nuestro compañero. Como si con ello fuera a alcanzar su emancipación. Entonces, sentimos cómo escurren inútilmente los minutos al construir puentes de aliento. Si bien la norma incide sobre la testa de éste necio y los ajenos, no logro asir tal sueño, conseguir un pase para consagrarme como unidad del universal al cual quiero pertenecer –porque, si falta decirlo, por más idóneo que le parezca a muchos, mi deseo de libertad no consiste en destruir mis vínculos. . .
. . . Pero la mar, la mar . . .
Thalatta! Thalatta! Gris, verde, negro. No me encuentro contento, pero bailo con el viento, me embriago con el tiempo. Por lo tanto, sin desearlo, me distinguen revolcado entre olas de una costa helada del Mar del Norte. La familiaridad perdida, quizá los culpables sean los programas de televisión. Ellos asumen el nombre "del dios muerto que agita la tierra". Pues adelante, yo tengo mis dos patas, mi pluma y una montaña por escalar. De alguna u otra forma, del oleaje lograré escapar.
. . . Pero la mar, la mar . . .
Thalatta! Thalatta! Gris, verde, negro. No me encuentro contento, pero bailo con el viento, me embriago con el tiempo. Por lo tanto, sin desearlo, me distinguen revolcado entre olas de una costa helada del Mar del Norte. La familiaridad perdida, quizá los culpables sean los programas de televisión. Ellos asumen el nombre "del dios muerto que agita la tierra". Pues adelante, yo tengo mis dos patas, mi pluma y una montaña por escalar. De alguna u otra forma, del oleaje lograré escapar.
Aparición
Vienes a mí desde lejos
sin cuerpo
y apareces triunfal sobre el púlpito
del sueño con cobijas de recuerdo
deslumbrantes
cual si fueran tus ojos
este espejo sobre el cual me veo
llorando risas por cada cielo
que rajas violando nubes
destilando sangre con sutilísimos perfumes
desechando frutas fermentadas
por dioses insignes pero de mantas pardas
comparadas con tus miradas
por tantos hombres santificadas.
A los mismos santos llanto das
y reemplazas con el agitar de tus alas
de plumas de llamas
que al ondear sobre mi corazón tejen llagas
de aquellas sagradas confesiones
hechas por labios y pieles aunadas
donde si bien no radica tu seno
enraiza, eterno, en éste y otros tiempos
conservándose fuera de féretro
o bálsamo penetrante
hasta el fondo de mi recelo
que como macho terco perpetro
pronunciándote siempre desde lo alto
o bajo que sea mi ajetreo.
sin cuerpo
y apareces triunfal sobre el púlpito
del sueño con cobijas de recuerdo
deslumbrantes
cual si fueran tus ojos
este espejo sobre el cual me veo
llorando risas por cada cielo
que rajas violando nubes
destilando sangre con sutilísimos perfumes
desechando frutas fermentadas
por dioses insignes pero de mantas pardas
comparadas con tus miradas
por tantos hombres santificadas.
A los mismos santos llanto das
y reemplazas con el agitar de tus alas
de plumas de llamas
que al ondear sobre mi corazón tejen llagas
de aquellas sagradas confesiones
hechas por labios y pieles aunadas
donde si bien no radica tu seno
enraiza, eterno, en éste y otros tiempos
conservándose fuera de féretro
o bálsamo penetrante
hasta el fondo de mi recelo
que como macho terco perpetro
pronunciándote siempre desde lo alto
o bajo que sea mi ajetreo.
Desde la torre a un amigo
Ocupo el espacio de un arquero
al tope de la torre que
apropia un nombre ajeno.
La piedra homónima a la mujer
adorada por mi camarada
pero quien por miedo a la desfachatez
con él su cuerpo no enlaza
encarna lejos del hogar del iluso
un deseo en ruina y pastel
confitado con canela y glaseado
sobre la boca del Tajo
en esta que no es mi tierra
pero que también porta
honrada mi extrañeza.
al tope de la torre que
apropia un nombre ajeno.
La piedra homónima a la mujer
adorada por mi camarada
pero quien por miedo a la desfachatez
con él su cuerpo no enlaza
encarna lejos del hogar del iluso
un deseo en ruina y pastel
confitado con canela y glaseado
sobre la boca del Tajo
en esta que no es mi tierra
pero que también porta
honrada mi extrañeza.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

