Tarde lluviosa

Miré cómo la ciudad se escapaba de mis manos, escurría entre mis dedos hasta mezclarse con la lluvia y perder por completo su identidad, el mapa a partir del cual logramos recorrerla de esquina a esquina, pasando por callejones donde los miedos vagabundos trataban de dormir,

pero no podían; por avenidas viendo rolar a la fortuna con blindaje de carroza,

puritito rechinar oro mudo;

parques en los cuales de tanto celo no crecían sino flores ya marchitas desde viento. Todos los palacios que alguna vez visitamos también se han desvanecido, ya no hay vías, ni turistas ni cortos ni largos metrajes, ya no hay nada, siquiera ruinas.

¿Y ahora?

Ahora sólo nos queda la memoria arquitecta, la esperanza de un diseño que calme nuestra sed de pretérito. Tal vez llegue el día, tal vez, en el cual tengamos otra cartografía a partir de la cual descubrir la desnudez sobre el terreno del ya expuesto. Por lo pronto nos queda nada sino nadar, y no pedir más que ésta humedad sobre la piel, untada a la caída de las horas.

Dimensiones

Destartalados por terminologías
Nuestras expresiones florecen
Sobre campos de nostalgia –
Carne cortada a sin-ser-lazos,
Formas siempre incompletas,
Luz,
Luz siempre que ayer
Fuera penumbra.

Réplica

Un hombre rió de un extranjero
creyendo que la carcajada equivale a una palabra;
el ofendido cerró los ojos
y pensó, sonriendo tan discretamente
que casi tocó el cielo, en la mujer amada.

Tatiana

El piano dilata aguardando tu arribo;
su piel tersa como una noche inagotable
y su boca bien abierta.

Llegas vestida de venas
y lo atacas, lo golpeas al
punto que tu pulso quiere huir por tu cuello.

Delante el desenlace,
y cuando el silencio remembra
la memoria de tu concierto,
me miro desparramado sobre el mármol del palacio.

Noche y neblina sobre sentidos

Empacamos las culpas en paquetes personalizados a ser distribuidos a lo largo y profundo de una red errónea. Sin importar que no seamos los destinatarios de las misivas conteniendo el eco de estas atrocidades ajenas, aún así nos agarra la diarrea color de lágrima.

MozartÜbelkeit

A Thomas Bernhard

De entre los Alpes desciende la sangre azul turquesa
que en el valle desmorona la ciudad
ahogando a sus habitantes.
Por callejones andan, patalean pesadez,
sonríen con la gracia de un fósil;
camuflaje de lenguado sobre arenas de normalidad;
tímpanos encerados incluso ante la escasez de sirenas.
Míralos allá sonreirle al espectro del rey.
Escúchalos sumergidos intentando escupirle al vasallo.
Como si fuesen flores, siéntelos
deleitarse con el aroma de embutido y mierda de caballo.
Pero hay unos cuantos privilegiados
navegando sobre su absurdo a quienes ellos
miran como una mancha
amorfa, inofensiva, muda,
que pasa sobre su cabeza hasta perderse en el horizonte.
Tenías razón, hay condiciones, padecimientos, letales
casi irreversibles
para los cuales no existe diagnóstico
impreso y el único médico es uno mismo.
Tendré que sacarme una muestra de palabra pues
temo estar infectado y
no quiero morir ahogado en una presa de verborrea.

Main

Sobre el río hay una cruz de luz;
su inclinación, como la de San Andrés.
Del noroeste llega el haz del sol, cálido,
leve, prácticamente tierno; del noreste
su reflejo sobre un rascacielos de cristal,
salta, lo atraviesa, lo entinta
con el pincel del artificio.
Éste otro más vibrante, con lustre de escaparate;
por lo mismo ahuyenta, y la vista regresa
sobre el original, donde encuentra consuelo
y se avienta a nadar.