Días

Hay días en lo cuales
envuelta mi piel en sábanas de penumbra
cerrar los ojos equivale a
tomar una encefalografía de mi angustia
y mi escrutinio de chinche
a la pecuniaria curiosidad del médico.

Edina, I

"Edina! Scotia's darling seat (...)
I shelter in thy honor'd shade"
R. Burns, Address to Edinburgh

Edina desnuda
alza orgullosa los pezones de sus torres
quebrando el cielo con su silueta.

Ella, caprichosa,
me ha arropado en invierno con desdén
en primavera con esperanza, y ya huelo
el candor del verano.

Edina, no lloro más,
desarropa mi carne, a ti me entrego
y te llamo casa ya sin miedo

a en ti hacerme piedra
de tanto hielo,
o perderte entre los brazos
de aquella a quien más quiero.

1952

desnudo de rodillas con el rostro oculto
entre hiedras de oro
bajo la arquitrabe de una noche absoluta
pretendiendo buscar criaturas minúsculas
enterrando mis dedos en el lodo

aguardo la violación de una sombra purpúrea
su coronación
escupitajo en mi intestino

y al pasear la vista
en mi espera eterna
estimulante
imagino la burla del esqueleto de un animal
quien se dice
se sabe más hombre que yo

¡oh, Bacon!

en la imposibilidad del hecho
hoy he despertado como la figura central
en uno de tus cuadros

y me gusta tanto que me acaricio
con tan sólo
tan solo
cerrar los ojos


man kneeling in grass, olio en lienzo 1952
francis bacon

Polimachia

No somos sino bestias de guerra, mavortia pectora. Luchamos por nosotros o por aquellos a quienes adoramos – tengan cuerpo o sean sólo sombra. Cantamos al brindar con sangre, y cuando la cortesía padece de arrogancia o deseos compartidos por corazones enfermos de celosía, un mono- no basta, recurrimos pues a la polimachia.

Ápice de primavera

Como cada retoño
en las ramas de aquel arbusto
mis expresiones florecen
buscando tu luz, tu agua, tu temperatura,
el ambiente de tu despertar
entre mis brazos después de meses
de viento y obscuridad.

Oban

El mar cristaliza el sol en la boca
de la "Pequeña Bahía".
Sobre el agua se imponen pétreos
los críos del cortejo entre el fuego y el hielo.
Me siento sobre una de esas rocas
a la que he llamado casa.
Muy lejos de mi país natal,
más aún de la piel al sur de su frontera más cercana
quien se acaricia entre las olas
de un océano que no es el que miro.
En ocasiones el mundo pareciera pequeño,
más incluso que ésta bahía,
sujeto a la palma de una mano sedienta;
otras, simula un universo en sí mismo
implotando en cada uno de los deseoso
que lo habita.
El viento arbitra los juegos
luminosos de la superficie
hasta que el cielo, celoso, bloquea su caída.
Las islas delante me recuerdan
nuestra condena la soledad
oculta entre palabras, gemidos, danzas y sonrisas
de fotografía.
Como aquellos sobre mi testa vuelo
lejos del agua,
pues nunca será mía.

Contradicción

Los poderes de una guerra
en la cual nadie, ninguno
de los expectantes espectros
de mi carne y sombras
combate; padecimiento y muerte
que no me tocan,
ni acarician siquiera,
se imponen como cuerpos
normativos, morales,
sobre mi actuar.

Comprendo ahora el desajuste
de aquellos aros de humo alrededor
de mis ojos, la ola destructiva
de una contradicción,
de respirar en ellos sin la patología correspondiente.

Medias

Eran sus piernas
aquél día, en Penn Station,
dos templos, tableros para el reencuentro,
donde el misterio era el arma
contra mi deseo y mirada;
tan sólo un espejo de su belleza,
de su orden estético y
las mallas de plomo, red de invención
y captura. Extraño
sus piernas, su fuerza contra
su cuerpo, el aroma de dos
húmedos en estallido, simultáneos,
olor de amantes desafiando al tiempo,
sus manos que inventan mi tranquilidad
las mías que miran su nacimiento
tras una caricia.