De hambre

Mi intromisión me costará la vida, y sobre los umbrales del paisaje, ella sonríe tiernamente con la mano derecha en el seno opuesto. Ciervo bajo sanción, espectáculo para sus ojos, caen las mordidas sobre mi carne, come de mí mi propia fortuna. Los perros saborean su festín–¿quién no gozaría zampar las pieles del propietario? Acariciándose apenas, suficiente para enervar los pastizales, deseosa me mira entre sus malabirsmos con mis últimos respiros.

Al borde de la muerte, me abalanzo sobre ella. Tomándola por la parte baja de la espalda, enfrentándola de vientre, le ruego me absuelva, me absorba y cubra con su velo, me proteja de las dentelladas, revierta el hechizo impuesto sobre mi destino. No me hace caso. Le devuelvo la sonrisa y me tumbo sobre la mesa.

Otro regreso a casa

Lívida luz azota mi sombra sobre el concreto
Como si el cielo tuviera miedo de mi huida,
O como si ella dejara seducirse por el tiempo
Siguiendo mis pasos a menos de un metro,
Quemando mi cuerpo al despellejo.
Nada de camaleones, hacia ninguna cama para mis leones,
Tampoco bestias en mi entrepierna,
Ni acero de héroes cortando sus cabezas;
Sólo mi andar raptado por aires forasteros,
Mis pies helados sobre los charcos
De corteza blanca y tiesa como mis labios
Pero frágil ante el pisotón de figuras ambulantes;
Sólo el sueño diurno del cual mi insomnio es rey,
Del cual mis ojos, aros tórridos con gasolina de recuerdo,
Duelen sumisión, sin misión sobre el horizonte,
Sin el yugo de tus sombras,
Solo,
Sin su jugo y mi sed masoquista;
Sólo esta luz lívida, azotando mi sombra sobre el concreto
Como si fueras el objeto de mi huida.

La revolución no tarda

Camino el día tras el desplome de la noche,
Pero no hay luz, sólo llanto celeste sobre
Mi túnica ceremonial. Hoy recibí un
Reconocimiento. Con las manos extendidas
Al viento, el sobre ya entre palmas,
La lanza de Minerva apuntando
A mi entresijo,
Percibo cómo del domo toneladas
De historia científica se precipitan,
Los frescos desterritorializan y
La pintura ya pura intensidad
Proyecta sus coordenadas de aterrizaje
Sobre la corteza de mi bóveda
Craneal. Sonrío ante la fuga proveniente
Del órgano. Dejo a mi cuerpo merodear
Alrededor del reducido espacio
Al cual he sido asignado (Fila 2 Norte, asiento 36).
Dono minutos a mi vista antes de huir.
Al abandonar el salón de gala
Dentro del cual dejé mi pompa
Y circunstancia,
La desarticulación de las nubes
Ya había comenzado.
Descansé por un rato, y ahora ya mojado,
Siento cómo el cielo cesa, y levanto mis pies
Uno tras otro, arrastrando mi humanidad
Hacia el levante de la ciudad.
Vino, verduras, chocolate, galletas
Y café. Una buena compañía,
Velada de película
De cadena televisiva:
"Mad prophet from the air waves"
(Killed by TV series commies).
Ya en casa,
Mis movimientos develan mi condición.
Los síntomas escapan el disimule:
Mi padecimiento es evidente.
Pero aún a ningún psiquiatra intereso,
Tampoco a los desatados,
todavía arraigo; pero como Angelos
Ha comunicado,
Ella no tarda en tocar la campana.

Quien no responde, I

Hablar con él, como si nos escuchara
Resulta el camino más sencillo hacia
La redención. Pretender una respuesta,
Un saboreo incondicional, una digestión
Limpia de culpas, nos inunda los ojos
De tranquilidad. Seda las ansias y las
Viste de gracia. Descompone trazos
Para en parcelas de viento, con polvo
De palabras, demarcar su territorio entre
Cercas de luz. Entonces ignoramos las
Sombras, resuenan más intensamente
Los clavos que los agujeros,
El metal que la herida;
Perdemos la voz, sin abandonar
El incesante baile labial, la mímica sonora
Redoblada a tono de oración.

Acidez

Acidez, sin jarabe que la cure.
Madre, abuela, hemanas rodean al moribundo,
Tejen palabras de consuelo con un par
De "te-lo-dije´s".
La más pequeña cuenta la muerte con sus pulgares,
Esperando el apapache de su amiga distante.
¿Qué utilidad tendrá una advertencia
Ya padecida la catástrofe?
Voz pírrica ante el familiar ensordecido.
Ya no habrá otra como ésta
Para darse por vencidas;
Pero estará la sombra
Siguiendo a la familia,
Conmemorando la victoria
Amarga sobre el vástago finado.

El músico hablador

¡Cómo disfruta cabecear al compás de una voz legítima! ¡Cómo disfruta hablar, tras pretender escuchar, y expresar su congelada lexia! Sus cuerdas no son sino reflejos de una creación totalitaria, un fascismo disfrazado de ciclista ecologista. ¡Flautista! Muero por escuchar sus composiciones, odas onanísticas, como cada una de sus intervenciones. Que venga pues el concierto, tengo ansias de risa.

Can

El objeto de sus deseos vio su cuerpo desgarrado por los colmillos de sus propias inversiones.