Fue el mar

Fue el mar un sueño de Dios
Para ahogar las pretensiones del hombre;
Fue el mar un sueño de Amor
Para naufragar en las costas de una isla desierta;
Fue el mar un sueño, señor,
Y no hay quien despierte de él sin dolor en el cuerpo.

Preludio de cosecha

Me han recomendado preparar el terreno para la próxima cosecha.
Vienen mis padres, vienen mis abuelos, vienes sus padres, también,
A reparar sobre su pequeño
Mientras surco seis hectáreas, mancho mis manos, entierro mis pies
Hasta llenar de negros húmedos mis uñas
Y comprobar, así, si años de esfuerzo conmigo valieron las penas
Y los sacrificios concluidos en festival.
La temporada ya llega, repiten una y otra vez,
Recomiendan apresurarme a arar mi parcela,
Sacar mi ahorradito y, antes de que el mejor producto se agote,
Comprar los costales atiborrados
De semillas
De donde saldrán nuevos rostros, nuevas caricias,
Otras frutas, otros poros, nuevas llagas,
La misma rutina, el mismo sudor sobre los mismos labios,
Las mismas grietas sobre la misma piel,
El sol inmutable y los ciclos del agua,
La hoz arrastrada generación tras generación y
La misma receta.
Me han recomendado preparar el terreno para la próxima cosecha
Pero yo ya no quiero ser agricultor de memorias
Yo ya estoy satisfecho con aquello sembrado hasta el momento
Yo ya estoy satisfecho, y me engaño sin tractor ni saco,
Y me engaño como si remeras salieran bajo mis axilas,
Y me engaño como si en verdad fuera importarle a
alguien
E hiciera alguna diferencia
Que yo ya no quiera cultivar justo cuando
La temporada comienza.

Matutino bajo

Mañana bañada de barbarie
Para recordar a mis ojos
Su juventud y asombro.
Una probada del Invierno
Imprime fuerza a mi aliento
Y me obliga a despertar
De un golpe a mi tiempo.
Ojos hondos de hambre
Rojos de tantas dosis de pantalla
Batallan
Contra la desidia por las sombras propagada.

βαίνω

Descapotando los sueños de madurez
que entintan el abundante y fino vello de la pradera escocesa
y sobre el reflejo de la obsidiana laxa cubriendo el Mar del Norte
agitados ambos por la lucha perpetua
entre los Cuatro Grandes Combatientes y sus hermanos menores
agentes también del viaje de las nubes
entre las cuales me desplazo a contracorriente
con brazadas de aliento y el pataleo incesante de mis recuerdos
agonizando ante el fuego abierto del olvido
y el amargo sabor del olivo
que engrasa el epitelio de mi jaula
manteniendo, a lo largo de todo el recorrido,
al animal cautivo.

Aquella vez

Sí, lo recuerdo bien. Jugábamos a protagonizar tragedias. El inmenso ojo naciente al estrellar nuestras frentes, dilatando su pupila tras el descenso del telón, retando su compleja y reacia fisionomía, presenciaba la explosión bajo el estruendo húmedo de nuestros sueños.

Labios polífemos, plétora de lenguas en guerras de viento cual barrido nocturno sobre nostalgias de platino. Un millón de gotas de saliva utilizaban nuestros belfos como puentes, y entre cada cristal, filtrábamos la ilusión de aquella muerte instantánea; fue nuestra conquista última, falaz, sobre el tiempo y sus manecillas, sobre el cristal infinito y sus granos de arena.

Robamos el nombre del mito, mutamos eternos con tan sólo la idea de un beso.

¡Cómo olvidar aquella lúdica tragedia! ¡Cómo olvidar su drama y su comedia! El capítulo 7 de Rayuela fue tan sólo un pretexto, o mejor dicho, un intertexto. Bien lo has recordado, la piel erizó mucho antes, y continúa puercoespín royendo sobre el epitelio de nuestros deseos.

Al recordarlo, cierro la puerta a la melancolía.

Lo hago pues de mañana me recibes con todos los mensajes esperados durante mis aventuras oníricas que, como suele suceder últimamente, no recuerdo muy bien, pero cuyo sabor no escapa mi risco alveolar al pasear mi lengua sobre sus peñascos.

Lo hago porque te beso en este instante, humedezco tus párpados guardianes del concierto ciego arco iris sucediendo tras ellos.

Lo hago al raptar tu aliento, pues no permitiré a intruso alguno perpetrar fechorías contra tu hermoso cuerpo.

Sí, lo recuerdo bien, jugábamos a protagonizar tragedias. A la fecha, encantados, continuamos escribiéndolas.

Duerme, bella, duerme . . . la tinta corre por sí sola.

También yo, te sigo amando.

Reloj

Todo el tiempo, de luna a ceño,
fruncido tras el brillo de un recuerdo,
todo el tiempo, de campiña a cloaca,
bajo tierra en cielo, entre astros o
polvo, pasto o arroz de saco y
azucar de mano obrera, áspera,
morena,
todo el tiempo y no sea agota.

Noches tras otras

Repeticiones de un anhelo
publicado en el diario oficial
de la federación donde tras cada luna
encuentro
una carencia perseguida por la ilusión
de acompañar mi soledad por el desconocido
ante quien invariablemente arqueo el labio
en reverencia.
Desciende renovado el ojo pálido
en uno de sus muchos movimientos -
esta vez por sombra conquistado el hemisferio izquierdo -
convencido al saberse dueño
de mi cuerpo
y el austral deseo del cual soy una
posesión más.

Ya visto

Los días de estudiante
bajo credencial
tocan de nuevo a la puerta;
mis pares todos ya bañados
de los tecnicismos necesarios
pero yo
el ignorante de siempre
simplemente observo su grandeza
y sobre el pavimento
converso con la piedra
para ver si tiene la paciencia
dentro de su
rigidez
para transmitirme
una pizca de su
dureza.

En el parque

Ayer le combidé a mi padre
el miedo del sacerdote casto
pero no ha hecho mucho caso
y a este mundo me ha arrojado.
Ahora ando en esta Isla
de Romanos disfrazados
y con mi espada entre los bárbaros
pretendo ser el único
que no sabe nada
ni de historia ni patrañas
cultivadas bajo el arce
a un costado de esta banca.

Como dijo aquél

Como dijo aquél
que no lo fue
si muero infame
¡que nadie llore!
Más vale una ovación incluso
(para el otro)
que una oración
para mí.

Mutaciones fatuas

Suceden, ordinariamente, durante el sueño. Los espacios que nos son familiares adquieren dimensiones completamente distintas, en muchos casos descabelladas, pero el contenido, aún tras muros renovados, no sufre transformaciones; sigue siendo el mismo lugar.

Favor

Musítame lo mucho que me amas.
Musítame de lejos sin que nadie más escuche.
¡Musítame un gemido!
Musítame de nuevo,
con roce labial sobre el oído.
¡Musítame y te grito!
Musítame musa mía,
Musítame, que estoy perdido.

Obertura

El día abrió con ojos de luz
El canto de una imagen que
Al fondo de la habitación
Escapaba por el orificio del sueño
Inundando, de ésta oscura
Capital,
Hasta el último rincón.
En el brillo rostro de la canción
La voz del deseo libó mi costado
Prometiendo un regreso sereno
De la figura revoloteando
Dentro de mi seno.
Los veo de nuevo:
Son ojos de luz,
Ojos de luz y,
Debajo, mágicas sombras
Terminando en sonrisa
Donde en meses mañana
tras mañana, sin prisa,
Ahogaré mis manos
Y convocaré encuentros
Sexuales
Con los astros.

Danza

Descorre un título
como río bajo mi vista.
El puente,
piedra negra en concierto,
sostiene al monstruo que lleva,
agitado,
a la juventud directo a su entierro.
Todos braman en tono de marcha triunfal.
La emoción impera,
su corona de perlas
como el rocío
sobre un filo óxido de sangre,
aguarda a las figuras
protagonistas de su sacrilegio.

–¡Dancen, hijos míos! –canta la mujer del pino– ¡El día ha llegado!

Decadentes

"...el hombre prosigue negro sobre blanco" S. Mallarmé.

Recelo ante la imagen que el espejo ofrece de nosotros mismos. Decadencia. No hace falta percibir brotes de putrefacción sobre la piel de un tercero, al borracho golpeando a su compañero de aliento por el acento en el que resuenan sus borborigmos, tampoco a las adolescentes convertir a las jóvenes en abuelas; no precisamos nada sino la capacidad de contemplar nuestra desnudez, las manos expuestas a la intemperie sosteniendo un miembro del parlamento, los pies corroídos por el paso del viento, el sexo germinando entre cortinas de culpa seduciendo a un rosario, la capota de nuestros más íntimos deseos perforada por la lluvia ácida de los distintos rezos motorizados a los cuales recurrimos diariamente. Basta uno mismo y un instrumento de reflexión para saber, sin cuestión ni contraataque, que el proceso evolutivo, en última instancia, más allá de las pretensiones intermedias, tiende a la destrucción.