Pasé la mañana conversando sobre posibles creaciones con los restos de una noche escarlata. Hablé un poco sobre la historia de un hombre que pierde a su mujer en un barco, ella sobre la batalla lingüística de un forastero enamorado. Irá a trabajar pronto, a cobrar por baile y palabras, mientras yo, falto de violencia, veré una película sobre la mafia italiana.
Visito el teatro al oeste de la ciudad, a unas cuadras de mi antiguo hogar, en contraesquina al King's Theatre.
Sala soportada por cariátides y un foco bajo el mentón de cada una de ellas; sus rostros se difuminan al abrirse el telón.
Quince minutos de comerciales agotan el entusiasmo sobre mi excursión vespertina. Me veo inevitablemente condenado a preguntarme qué será de mis días cuando no tenga dinero; cómo llevaré el alcohol a mis labios, la luz a mis ojos, la guerra a mis oídos.
¿Terminaré en verdad solo, sin ella sin nadie, embarrando mierda en cabinas de teléfono? Cada vez están más desiertas, "Jackie" y sus tocayos mean dentro de ellas.
Expectante de rutina, miro mis piernas desacomodarse frente a la butaca. Llevo las botas de siempre, negras y terrosas. Dudo si alguien empleará mis servicios, si seré de utilidad para alguien en este mundo. Contrario a mi comportamiento habitual, ésta vez no despliego demasiada aprehensión sobre el asunto.
También existe la posibilidad, recuerdo el deseo de una amiga ya lejana, artista que derramó carmín sobre mi piel durante un año, y más, de que la sorpresa sea quien dirija mi porvenir.
Quién sabe.
Mientras tanto exprimo ideas de cosas, desayuno mundos sin mapa tras la ventana – lanzo cachalotes sobre los charcos de lo que alguna vez fuera océano, página.
Sacrificio y Penitencia
Ayer hubo un sacrificio colectivo
en mi ciudad natal.
Muchos de los míos
participaron e hicieron de la violencia
religión rezada en danza.
Yo paseé alrededor de la penitencia
en ésta ocasión; fui observador distante,
cabizbajo y sin aureola,
testigo de auricular y pantalla
de una experiencia que no me corresponde,
del eco de una pena que no es la mía.
en mi ciudad natal.
Muchos de los míos
participaron e hicieron de la violencia
religión rezada en danza.
Yo paseé alrededor de la penitencia
en ésta ocasión; fui observador distante,
cabizbajo y sin aureola,
testigo de auricular y pantalla
de una experiencia que no me corresponde,
del eco de una pena que no es la mía.
Plástico
Arena y fósiles de carbón,
una fábrica compartiendo el horizonte
con un buque carguero y una linda sonrisa
llena de energía.
Tiene nombre de princesa
de una popular película animada;
el mismo color de cabello
(escarlata),
los mismos ojos
(Mar del Norte).
Apellido e imaginación de artista,
espíritu conquistador, digno
e invencible.
rie de mí sin que yo la entienda,
de mis comentarios despectivos,
políticamente incorrectos,
contra las gaviotas.
Bebemos High Commissionaire
con café,
o de la botella una vez vacíos de granos.
unas cuantas rocas, arena y una bolsa de plástico.
Siempre el plástico.
Una vez erradicada la humanidad–
de dejar algo de éste planeta–
nuestro legado no perdurará en los anales de historia,
las bitácoras científicas o el cine,
los poemas,
sino en aquellos materiales de "alta duración"
normalmente contenedores
cascajos, o quizás esqueletos
de nuestro consumo,
que exceden en vida a los productos que guardaban
y a sus consumidores.
No serán las bases de datos
sino los cementerios de teléfonos móviles
y computadoras, donde aquél
extraterrestre encontrará las claves
para reconstruir nuestra historia.
ella llevaba bolsas de supermercado sobre sus calcetines
pues sus tennis tenían agujeros–
se los quitó para cruzar un arroyo desembocando
en la playa,
por supuesto yo di la vuelta.
Oler
Oler, escuchar la lluvia al borde de la ventana.
La cena ha aligerado el cuerpo. Un te
con tabaco en labio.
La caída del agua resuena tierra.
Los faroles son antorchas
de llamas pétreas; su danza
atada a un cable.
Aún imagino el fuego,
el humo pintando las fachadas,
las voces disparadas entre huecos, engranes
y chimeneas; quien mueve las nubes
se las lleva hasta las faldas del fiordo,
para después esparcirlas
en un mar sin referentes.
Serán olas. Y caerán de nuevo
en ruido, para verlas líquidas,
escurrir por cabellos o edificios, banquetas
hasta desaparecer en alcantarillas.
Al océano van las voces
al oler la lluvia desde la ventana.
La cena ha aligerado el cuerpo. Un te
con tabaco en labio.
La caída del agua resuena tierra.
Los faroles son antorchas
de llamas pétreas; su danza
atada a un cable.
Aún imagino el fuego,
el humo pintando las fachadas,
las voces disparadas entre huecos, engranes
y chimeneas; quien mueve las nubes
se las lleva hasta las faldas del fiordo,
para después esparcirlas
en un mar sin referentes.
Serán olas. Y caerán de nuevo
en ruido, para verlas líquidas,
escurrir por cabellos o edificios, banquetas
hasta desaparecer en alcantarillas.
Al océano van las voces
al oler la lluvia desde la ventana.
Caída
La tarde azulece, casi gris, casi escape. La luz en la ventana reemplaza a la pantalla sobre mis pupilas; casi humo, nunca fuego. Llaman a la puerta, alguien traerá pronto el desayuno.
Lluvia y sol y lluvia: 5 minutos de camino
los humores serán eternos,
pero el ir y venir cotidiano
itera caprichoso, errático.
pero el ir y venir cotidiano
itera caprichoso, errático.
Recordar aprender
Con los años uno puede olvidar
la importancia del aprendizaje,
de la apertura de los sentidos
como forma de vida. Se
imponen constituyentes que enceran
la piel, tapan los poros, nublan
la vista, entorpecen al oído,
nos sacan de equilibrio.
Entonces nos creemos superiores.
Quizá sea el pasado acumulándose dentro nuestro.
Cuando uno combate a tiempo éste proceso degenerativo,
de la lucha nacen
criaturas fantásticas, diseños de un mundo mejor;
de prolongar el encuentro por demasiado
el entumecimiento absorbe al individuo
tornándolo en masa seca, asfalto, una piedra más
a quebrar por las máquinas reconstruyendo la ciudad.
la importancia del aprendizaje,
de la apertura de los sentidos
como forma de vida. Se
imponen constituyentes que enceran
la piel, tapan los poros, nublan
la vista, entorpecen al oído,
nos sacan de equilibrio.
Entonces nos creemos superiores.
Quizá sea el pasado acumulándose dentro nuestro.
Cuando uno combate a tiempo éste proceso degenerativo,
de la lucha nacen
criaturas fantásticas, diseños de un mundo mejor;
de prolongar el encuentro por demasiado
el entumecimiento absorbe al individuo
tornándolo en masa seca, asfalto, una piedra más
a quebrar por las máquinas reconstruyendo la ciudad.
Domingo de sermón
A la intemperie,
mi piel color de sol después de una nevada,
veo detrás de las ramas aún desnudas
las cúpulas de un palacio que no conozco.
De mi poros emerge la extrañeza
y me reconozco en mi condición de extranjero.
Hoy he visto a las palabras en las piedras
y en el río. Cristalizadas, ajenas
sobre frisos de edificios, en movimiento
descendiendo desde el cielo,
las he visto en el humo detrás de la
nieve trepando a tinta fachadas,
en las raíces y en los troncos,
en las bolsas y botellas acumuladas
a orillas del afluente.
(Los patos hablan bajo los puentes,
mi andar sobre las tablas los interrumpe.)
En mis pesadillas las llevé tatuadas
por todo el cuerpo.
En la sien leía "nada". La última
palabra de la serie comenzando en mis tobillos.
Mi piel era también agua,
corriente, mi lengua
enlodando vocablos a un costado del canal.
Me levanté con la pregunta
partiendo mis labios:
¿qué será de ellas
cuando mi piel se desintegre?
¿Qué será del amor, del deseo?
¿Regresará el espíritu a la rutina?
mi piel color de sol después de una nevada,
veo detrás de las ramas aún desnudas
las cúpulas de un palacio que no conozco.
De mi poros emerge la extrañeza
y me reconozco en mi condición de extranjero.
Hoy he visto a las palabras en las piedras
y en el río. Cristalizadas, ajenas
sobre frisos de edificios, en movimiento
descendiendo desde el cielo,
las he visto en el humo detrás de la
nieve trepando a tinta fachadas,
en las raíces y en los troncos,
en las bolsas y botellas acumuladas
a orillas del afluente.
(Los patos hablan bajo los puentes,
mi andar sobre las tablas los interrumpe.)
En mis pesadillas las llevé tatuadas
por todo el cuerpo.
En la sien leía "nada". La última
palabra de la serie comenzando en mis tobillos.
Mi piel era también agua,
corriente, mi lengua
enlodando vocablos a un costado del canal.
Me levanté con la pregunta
partiendo mis labios:
¿qué será de ellas
cuando mi piel se desintegre?
¿Qué será del amor, del deseo?
¿Regresará el espíritu a la rutina?
Planes para un domingo
Jamás abandonar el amanecer,
párpados bien distantes
y los ojos lagos e islotes
de luz sobre su superficie.
Gesto de hechizo.
Susurra corriente
atravesando el apartamento.
Escucho a las aves de mar,
han vuelto tras el invierno.
Una gaviota sobrevuela las chimeneas.
La sigo con la mirada.
Ya no juego a imaginarle rutas de vuelo posibles,
a inventarle desenlaces a su libertad.
La sigo con la mirada
solamente, hasta que se hunde
detrás de las trincheras de barro.
Una ciudad junto al mar.
Lectura de mensajes en la arena,
a la espalda la sombra
de la roca que algún día fuera fuerte.
Un acorazado que coquetea con otro
sobre los labios del océano
al final del estuario.
De regreso al callejón
y los mensajes de humo.
Algunos granos en la bolsa.
Corriente para la computadora.
Imaginación, y pereza para realizarla.
Ya no sirve de nada.
Me gustaría escuchar de ella no un grito,
tan sólo un gemido.
Su mano detrás, en la base de mi cuello.
Me retuerce la muñeca, mancha
el cuaderno hasta quedar satisfecha.
párpados bien distantes
y los ojos lagos e islotes
de luz sobre su superficie.
Gesto de hechizo.
Susurra corriente
atravesando el apartamento.
Escucho a las aves de mar,
han vuelto tras el invierno.
Una gaviota sobrevuela las chimeneas.
La sigo con la mirada.
Ya no juego a imaginarle rutas de vuelo posibles,
a inventarle desenlaces a su libertad.
La sigo con la mirada
solamente, hasta que se hunde
detrás de las trincheras de barro.
Una ciudad junto al mar.
Lectura de mensajes en la arena,
a la espalda la sombra
de la roca que algún día fuera fuerte.
Un acorazado que coquetea con otro
sobre los labios del océano
al final del estuario.
De regreso al callejón
y los mensajes de humo.
Algunos granos en la bolsa.
Corriente para la computadora.
Imaginación, y pereza para realizarla.
Ya no sirve de nada.
Me gustaría escuchar de ella no un grito,
tan sólo un gemido.
Su mano detrás, en la base de mi cuello.
Me retuerce la muñeca, mancha
el cuaderno hasta quedar satisfecha.
Imagen
Descalzos, encontramos un rincón de silencio.
La cama, redoblada y más angosta sin tu piel,
es el mar, metrónomo mudo, y nos arrulla.
La cama, redoblada y más angosta sin tu piel,
es el mar, metrónomo mudo, y nos arrulla.
Figura en negra menor
Mis manos de plomo cayendo sobre
las hojas.
Esculpiendo noches sin final,
tan transparentes
que no hay forma alguna por contemplar,
reinventar. Entonces se hace la idea del silencio.
las hojas.
Esculpiendo noches sin final,
tan transparentes
que no hay forma alguna por contemplar,
reinventar. Entonces se hace la idea del silencio.
Expresión
Cuando digo que el viento trae consigo las voces, hay una connotación literal en la expresión. Las ondas sonoras lo utilizan para viajar, inmiscuirse entre callejones, y acompañar su golpe sobre la ventana.
Paso a paso
Congelar las distancias es propio del viajero. Él mantiene una relación distinta con el tiempo y el espacio a aquella del caminante rutinario. Las formas no responden bajo el espíritu de aventura en el corazón del viajero o del poeta a como lo hacen ante el paso impermeable del fantasma; los unos dejan estela, los ceros filtran el aire.
fondo de mar
La marquesina teje tus vértebras haciendo de tu columna un refugio; torso de mármol resguardando a la belleza. Haces sombra, juegas con la luz, te intercambias con los colores. De ti llevo la calma y la tormenta atada a mi mano derecha, quien destroza el liso de las hojas. Las olas, como palabras, resuenan.
Me seco la sal con tiempo entre la arena. Te escucho tan de mar que me lanzo entre tus aguas. Ésta vez lucho contra la corriente hasta agotar mi energía. Cuando mis extremidades dejan de responder adecuadamente, me mantengo a flote por un par de segundos. Serán poco menos de los treinta cuerpos los que me separan de la orilla. La isla es tan pequeña que la miro extenderse de polo a polo, la cubro con mi palma: el paisaje es todo mar y cuerpo.
Me sumerjo. Suelto el control sobre mi cuerpo excepto por mis ojos, que están cerrados – "De abrirlos ardería", me engaño entre burbujas.
Al fin abiertos inauguran formas, como tu columna, que sirven de refugio. Arrecifes subabdominales . . . ¿me creerías si te digo que uno puede respirar ahí debajo? ¿Percibir el aroma de un coral al fondo del océano?
Me seco la sal con tiempo entre la arena. Te escucho tan de mar que me lanzo entre tus aguas. Ésta vez lucho contra la corriente hasta agotar mi energía. Cuando mis extremidades dejan de responder adecuadamente, me mantengo a flote por un par de segundos. Serán poco menos de los treinta cuerpos los que me separan de la orilla. La isla es tan pequeña que la miro extenderse de polo a polo, la cubro con mi palma: el paisaje es todo mar y cuerpo.
Me sumerjo. Suelto el control sobre mi cuerpo excepto por mis ojos, que están cerrados – "De abrirlos ardería", me engaño entre burbujas.
Al fin abiertos inauguran formas, como tu columna, que sirven de refugio. Arrecifes subabdominales . . . ¿me creerías si te digo que uno puede respirar ahí debajo? ¿Percibir el aroma de un coral al fondo del océano?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

