Burgo de Sal

Desde la cumbre de una roca, como luciérnaga atarantada, parpadea la historia. Sobre la superficie del río rastros de su doble son quebrados por la corriente. Entre ambos, la luz y su espejo, se interponen las sombras de los transeúntes: entonces sobre el rostro el fuego y la silueta que nombra al agua. Dura dos, quizá tres segundos, y rufo regresa el reflejo sobre el afluente.

Aereos 32

Aquí hasta el mármol es falso. No encuentro ni una sola máscara con relleno.

Me pregunto si he perdido la vista. Si soy yo mismo un agujero.

Me deslizo sobre los colmillos de la serpiente férrea. Me pierdo entre anuncios y nostalgias incomprensibles. Me desprendo de mí por un segundo, para mirarme en tercero. ¿Sigo ausente?, pregunto en el escritorio de información.

¿Mi nombre? Eh, sí, sólo espere un momento. Olvídelo, ahora entiendo todo, o bueno, lo que no quería entender.

No tengo otra alternativa que la sala de espera. Siguen las caretas vacías, las sonrisas estériles. Creo he perdido el oído, también. ¿El avión?

Estación

La sombra teje el techo sobre el anden,
los viajeros pasean sus sueños sobre el tejado.

Miran al oeste, escuchan un motor.
Confundidos, giran su vista al este.

Nada,
de nuevo.

El motor sigue ahí.
Tan ruidoso como la lluvia.

Interferencias.

De pronto una nube trae el verdadero
ruido
y borra las ilustraciones de la sombra.

Todo regresa a la normalidad.
Ya no hay viajeros, sueños, tejados sobre los cuales pasear.

Pies minutos,
manos horas,
rostros cristal
roto.

El motor no musita más –
grita.

Ojo,
aquí llega el tren.

Esqueleto

Nuestra campaña por la conquista de los siete mares concluyó en incendio. Al horizonte queda un esqueleto, ahora casa para las gaviotas. Quien pasea por la playa lo mira con nostalgia, apreciando la incomparable belleza de nuestra derrota.

Expiación

La brisa trae el olor a infinito.
Las olas, como días, galopan hacia mi vista.
Una detrás de otra detrás.
Me imagino ligero; sin pasado, sin futuro.
Entre las aves de mar estiro mis ropas
como si fueran alas.
Ahora el viento entrometido recorre mi piel:
El mundo me hace suyo.
Casi lo escucho murmurar –
"No temas".
No temo.
Extiendo mis brazos y cierro los ojos
en reverencia, eterna reverencia
a todas aquellas fuerzas superándome.
Les concedo poder absoluto sobre mi existencia
y nunca antes me había sentido tan libre.

St. Andrews

El viento sigue el curso del vulgo.
La nave sellada por la bóveda celeste,
majestuosas nervaduras la atraviesan caprichosas;
son nubes, son gaviotas.

El corredor del este
conectando con el cementerio por margaritas
silvestres como todas las voces
que algún día rogaran sus plegarias.

El púlpito también un espacio vacío.
Las rocas que el conquistador tumbara
el pueblo las recogería del sitio santo
para después construir sus casas.

La catedral comienza en estas ruinas,
pero está esparcida a lo largo del poblado.
La cristiandad, su fantasma,
dispersa entre callejones y entradas de mar.

Belua rex

La bestia se acercó a la mesa.

No quería nuestra carne, no, sabe bien nos alimentamos de deshechos envueltos en lindos empaques de plástico. Sólo quería compartir su tiempo. Buscaba un par de caricias detrás de la oreja.

Deseaba sentirse amada. Pero nosotros, en nuestras armaduras de poliester, temíamos ensuciarnos.

Al principio se entristeció, emitió un par de gemidos.

Nada.

Reforzamos las murallas, alzamos nuestros escudos – ceños encogidos en desprecio, miradas de arrogancia como muestra de nuestra supuesta superioridad.

De la ofensa pasó a la furia. Zampó nuestras ropas, destrozó nuestras defensas. Nos dejó ciegos, sordos, cojos. Insensibles sin reparo.

Ahora deambulamos entre resquicios de sociedad, en harapos, rogando a los nuevos reyes (las bestias, claro) por unas cuantas gotas, migajas, que nos ayuden a prolongar esta miseria.

Figuras 38.d

Caía la noche lento sobre la ciudad. Los cuerpos, sus caracasas, robaban la luz de cualquier fuente que estuviera disponible.

En los ojos, aquél umbral donde coinciden espíritu y fachada, resplandecía cada uno de los móviles con tonos distintos. Algunos absorbían todo ánimo y objeto inerte con el que se encontraran; otros proyectaban proyectiles como sombras sobre sus semejantes, omitiendo todo lo inhumado; también existían cortinas de polución perturbada por haces, existencias inanes.

Yo creí ser el espectro que todo lo veía, pero en momento alguno salí de mi habitación, y no cerré los ojos sino hasta que el sol interfirió con el horizonte.

Noche más de engaños

Mis pies fríos contra sus plantas,
tibias.
La amargura de las últimas semanas
si bien latente
derrotada por la necesidad inmediata
de un mínima pero
nada dócil dosis de dulzura.

Dejo caer mi mano
casi automáticamente sobre su vientre.
Parecieran las patadas erráticas
de la esperanza.

Sus ojos, cerrados, no han perdido su brillo.
Su semblante leve
coludido entre sueños
aún conserva su fiereza.

Por un segundo su aroma no revienta
desde mis fosas hasta mis venas.
Se extiende y por otro más
su figura la fruta dorada
que fuera en la contienda de ayer.

Intento ser vencido por Morfeo,
llevarme más allá de la consciencia
de la carne éste momento.
Pero no puedo.

Destartalados mis ojos.
Desajustadas mis extremidades.
Entonces me levanto
y comparto la vigilia selenita
sobre la vasta angina que es mi insomnio.

Lluvia en Irlanda

Mira el agua más allá de la ventana.
En ninguna isla, en ningún continente,
llueve como en Irlanda.

En primer plano un ciclamor
intercedido por latifóleas,
al fondo un cedro coronado como cordillera.

Todo cubierto por el velo líquido,
como una cortina danzante,
como una cortina de ruido.

Guardianes de la opinión

Los guardianes de la opinión pública han hecho del rumor, de la visceral verborrea y el canto caprichoso, una verdad viperina, casi inmutable, bajo la sombra de cual los impacientes recurren a rezar. Sus salmos titulares, lenguetazos de columnistas predilectos, nacen a diario en dogma (e inclusive al cielo ruedan sus ojos a tono de orgasmo al exponer su visión de las cosas, meras deformaciones de las voces de quienes llevan la batuta de observadores – y resulta que son miopes, pero demasiado vanidosos como para acudir al oculista).

Alimentos del alma

Como palabras
las sombras bailan sobre las hojas.

Es el juego de la locomotora,
el vicio del progreso, los artificios de la vida.

¿Qué son las palabras
sino umbrales bajo los cuales se refugia el deseo?

¿Quién las escribe
sino almas en pena, como frases incompletas?

¿Dónde resuenan sino entre espejos?
No lo sé, no quiero saberlo.

Prefiero el sacrosanto sabor de la pregunta
retumbando como la última nota de una fuga
entre las paredes de una catedral de gelatina

al juicio, a los golpes de martillo de la respuesta
destrozando de quien la compra cada uno
de sus sentidos, de sus motores oníricos.