Ninfa

La ninfa seduce y rapta con la mirada inicial.










. . . . . Entonces el porvenir de la vista, del sentido, queda preso.










Somos sin tenernos, como bien lo sabemos desde hace tiempo.

El Juego

Ni cuestionar ya si el juego nos ha sobrepasado. Permanecemos con los pies perdidos entre granos. Si buscamos dar un paso, la caminata se verá impedida por una misteriosa atracción hacia la arena. No estoy hablando de gravedad, simplemente de variaciones en el peso del cuerpo después de correr de un lado a otro en la playa.

Horas y horas y horas y prácticamente no he tocado el balón.

Imitando a la caída de la tarde, la quemazón desciende, comenzando por mis lumbares, hasta llegar a los muslos. Pronto serán las ampollas o los dedos torcidos. Tal vez alguna fractura. La arena aprieta como si nuestro cuerpo requiriera agujetas o cinturones. . .Existen posibilidades de que hubiéramos dejado de pensar en aquellos límites y olvidamos desde hace tiempo ya muchas reglas fundamentales. Despojamos al juego de sí mismo, de sus fronteras, de su coherencia. Lo abandonamos.

Y entonces . . . . . .

Y entonces nada, ni la conquista de la misma. Sobre ella persiste el respiro, la noche, pero sobre todo un párpado cuyo funcionamiento se ha desprendido de mi total control.

Vinieron

Pues sí, vinieron y después partieron.
Al llegar, como de costumbre, se hacen saber ellos mismos en su casa. Sin detener su operar por la extrañeza del territorio, los hombres de la televisión reproducen la rutina de cada visita.
Toman varios minutos para observar el escenario. La fase previa al correr de cámara dependerá de la correspondencia entre la locación y el camarógrafo. Esta vez un novicio y observa por alrededor de diez minutos, quizá más. Sin saberlo, por supuesto, yo también le observo.
Después confirma el ángulo de grabación dirigiéndose a mí para asegurarse que estoy de acuerdo. Me pregunto qué pasaría si no lo estuviese . . .
Entonces instalan las luces y le ponen sus filtros azules de celofán. Al mismo tiempo, sentado a un costado escucho de ella la explicación de los temas. Miro fijo a mi alfombra, le ofrezco reconocimiento a partir de unos cuantos vistazos. Sus preguntas no dejan de decepcionarme y con respecto a sus palabras, cada vez las escucho menos.
Me invitan a sentarme a mi propio sillón ahora iluminado azul como la noche o el cuervo y, al ceder, me instalan el lavalier.
Sonrío antes de comenzar: olvidé la máscara, pero parece ya un problema menor.

Esperando salir

Quería aparecerme Orestes, pero no he escuchado a ningún oráculo o presagio délfico (ni en sueños ni entre ellos. . . ). Tampoco he de vengar la muerte de mi padre, ya no me importa siquiera.

Me levanto con ganas de asumir mi destino, desgraciadamente el marcador se ha quedado sin tinta y no puedo trazar las líneas sobre la tela del tiempo, tampoco citar a Bergson en el intermedio. Espero, tan sólo, que no tarden mucho los hombres y las mujeres de la televisión.

Ayer me habló la reportera y me han dicho que vendrían a mi casa. Me arrebatarán ellos mis ideas como yo se las arrebato a todo el mundo, pero seré quien soy siempre, sin salir de Orestes. En general, no me gusta salir en lo absoluto en la pantalla: menos como yo mismo y con la máscara requerida por la cadena interesada.

No sabía leer

“Cuando haya desaparecido el último iletrado, podemos guardar luto por el hombre” (Cioran, 34).

Era el último iletrado del mundo. El único afortunado. Llegó el gobierno todo poderoso a su morada, la tornó roja y lo secuestró. Ahora, por culpa de un gobierno extranjero, todos habremos de montar un funeral a nuestra honra.

Mangos

. . . me dijo que tenía el tobillo lastimado y del tamaño de un mango y también un par de mangos en el refrigerador, pero que no se los podía comer porque le recordaban a mí y le hacían llorar. ¡Pobre de ella! Son tan buenos, los mangos. Ella también. Y su tobillo, bello. Mangos ambos, los mangos y ella (inclusive su tobillo hinchado, incluso yo, de pasado empachado).

¡Hah!

“Su conciencia, semejante a la de Macbeth, está devastada; también él ha destruido el sueño, en el que descansaban las certidumbres. Estas despiertan y vienen a asiduarlo y trastornarlo y, en efecto, lo trastornan, pero, como no se rebaja hasta el remordimiento, contempla el desfile de sus víctimas con un malestar aliviado por la ironía” (Cioran, 67).
"¡Hah!" - y azota la mano sobre la mesa de madera que, como la furia impulsando su arrebato y terquedad de viejo, cruje. Ambos, el mueble y el hombre, se encuentran hinchados de pasado. El hombre ha espantado a su hija tras golpear la superficie del otro, el mueble. Al verla temblar, se encoge de hombros y reniega ante su ira. Sustituye su ira y la presencia de aquellos a quienes afectó -la hija y el mueble-, por una dosis de culpa. Sube a su cuarto y cierra con llave.

¡Pero vaya si ha comido! Dormirá toda la tarde. Que en paz descanse.

Aporía

Y entonces escuché la lectura en voz alta al transcribir mis libros:
“Dando un salto fuera de las aporías en que vegetaba su inteligencia, pasa del embotamiento a la exultación, se eleva hasta un entusiasmo alucinado que volvería lírico el mineral, si aún hubiera mineral. Ya no hay consistencia en parte alguna , todo se transfigura y se esfuma; sólo él permanece, frente a un vacío triunfal.”*
Después de escuchar, le pregunté por Dios. O todos los espejos de mi casa están muy llenos de polvo y de pasta de dientes salpicada y petrificada por el paso de los meses, o, por el contrario, mis expectativas son muy altas. Él no contestó. Sólo me dijo algo de ser nada, o no ser nada. Debatimos un poco sobre cómo se decía, sin llegar a un acuerdo.

(¿Ya prendí el gas?)

Después se despidió. Hoy es domingo y comeré con mis padres. Decido tomar un baño y cambiarme la playera, lleva aferrada a mi dorso desde el viernes. Supongo que también tengo que ponerme pantalones. ¡Qué hacer!, y él ya se ha ido hablando de un vacío truinfal sin explicar nada sobre Él, ni su reemplazo.

* (Emile Cioran, La Caída en el Tiempo, 69)

Podría cantar

Podría cantar una canción de luna gitana antes de que durmieses, pero esta noche no soy del todo un cantante. Mucho menos un poeta. Soy sólo un macho que extraña a su hembra.

Duración, segundos después

Como ya es bien sabido, ella dura en mi existencia. Dura incluso ahora, a la distancia. Y así también Bergson, a la distancia, sufre un segundo robo:
"Por tanto tenemos razón en decir que lo que hacemos depende de lo que somos; pero es preciso añadir que somos, en cierta medida, lo que hacemos, y que nos creamos continuamente a nosotros mismos. Esta creación de sí por sí es tanto más completa, por otra parte, cuanto mejor se razona sobre lo que se hace"
Y entonces confirma antes del desayuno que mi teoría sobre la acción y la escritura va por buen camino, uno que incluye por lo menos la inscripción primera. Ahora habríamos de no precipitarnos, pues éste es sólo un breve apunte sobre la duración, no sobre apuntes referentes a la reminiscencia p . . .

Duración, primeros apuntes

“Como el universo en su conjunto, como cada ser consciente tomado aparte, el organismo que vive es cosa que dura. Su pasado se prolonga por completo en su presente, permanece en él actual y actuante” (Henri Bergson)

Bien, pues intervenimos tan sólo para robarle una sentencia a la pluma de Henri Bergson: "El Universo Dura". ¡Maravilloso! ¡Evidente! También nuestra duración en Él. ¡Maravillosa! ¡Evidente! También, en ambos casos, recuperando otro adjetivo del mismo francés, la "Duración es irreversible". Nos empachamos de pasado, y ante tal festín no podemos moderarnos. Vaya, y ¿por qué dura? Porque existe un movimiento de descenso y otro de ascenso y entre ambos una tensión que a todo el universo da cuerda. Por desgracia, no podemos deshecharlo -al pasado - (si no, pregúntenle a Cioran).

Ah, sí . . .

“No veo a nadie que dude de que el cielo de las estrellas fijas sea el más alto de todas las cosas visibles”

Nicolás Copérnico


“What are the stars but points in the body of God where we insert the heeling needles of our terror and longing?”

Thomas Pynchon


¡Ah, sí! Yo quería decir algo. Sí, soy escoria, hablo por hablar pero bien que hablo. Ahora quiero decir algo. Esta vez sobre Hipatia, sobre la verdadera y la inventada. Sobre la astrónoma. La devota de Urania y Euterpes. Sobre la astróloga e inclusive la pagana. Sobre la inventada y la recordada. Quería también decir algo sobre el cielo de las estrellas fijas, citar las palabras de Copérnico . . . ¡Cómo olvidar el "Arcoiris de la Gravedad" y recordar al Lt. Slothrop! ¡Rocketman! . . . ¡Tanto que decir sobre eso! Ni qué decir -también- del Schwarzcommando. Y resulta que el báculo de Euclides, con los pergaminos prohibidos puestos ahí por la segunda Hipatia de Alejandría -el personaje inventado por JPL como sobrina de Filopon-, ah, e Hipata de Alejandría -el personaje histórico tomado prestado por JPL- y sus doctrinas callejeras por las calles de la ciudad, tras ser expulsada del Museo. Qué decir sobre ello y la musa expulsada del Museo. Así fue, dice un libro. Otro libro, por el contrario, dice que el cielo de las estrellas fijas es el más alto de todas las cosas visibles. Así es, el más alto (Nicolás Copérnico, La Revolución de las Esferas Celestes). Y hoy los astrofísicos nos hablan de un concierto tan sencillo que cuesta mucho trabajo entenderlo. ¡Claro! Sólo los astrónomos pueden llamar al cielo de las estrellas "Fijas" y precisamente por eso decir que todo en él es movimiento. Y por eso la misma Hipatia -cualquiera de las dos lo hubiese hecho- intenta explicarle al general lo particular del movimiento celestial. Las sutiles relaciones entre la Astronomía y la Astrología (las cuales yo ignoro aún tras terminado el libro, por supuesto, pues es una novela). También Hipatia - la sobrina del bibliotecario, la imaginada- descubre su velo sobre el Faro de Alejandría, extiende su brazo desnudo para mostrar la curvatura del horizonte, resalta el valor del trabajo empírico, de la observación. Cita el tratado de Aristarco de Samos (Hipótesis). Sus trabajos sobre la distancia entre el sol, la tierra y la luna. Su afirmación de que el Sol tenía que ser un astro que excedería a la Tierra en dimensiones y por lo tanto tanto la tierra como la luna giraban alrededor suyo. Esto en el siglo IV ac. Pienso sobre todo en la importancia de la observación en nuestra vida, sobre la relevancia de condescender al mirar sutil. No importa si el párpado nos tiembla por un tick nervioso. O si estamos cansados y sentimos que hemos de cerrar los ojos. No importa: podemos cerrarlos y mirar también. En ocasiones con mayor claridad. Otras veces también es peligroso. También pretender entre una necesidad de observar y observarse a uno observarse de nuevo sin dejar de hacerlo y observarse dudar. . . . Y como escribe Henri Bergson en la Evolución Creadora : "Voy a cerrar los ojos, tapar mis oídos, extinguir una a una las sensaciones que me llegan del mundo exterior . . . " . . . . Y las nadas no pueden ser absolutas pues devienen siempre como un reemplazo. Esto mientras la duración del espíritu concreto del cual estemos hablando. Y más allá de los beneficios de la observación. . . Quién sabe qué hubiese sucedido si el modelo de Tolomeo hubiera recibido condenas y las observaciones de Aristarco escuchadas con mayor detenimiento. Quién sabe, quizá el mundo hubiese terminado hace unos siglos. Tal vez era muy pronto, pero muchos lo supieron siempre. Conocían la falsedad de los discursos oficiales. Siempre sucede, con la ciencia, con la transmisión del conocimiento y la cultura y los caminos que se cruzan a través de la política. Sí, efectivamente. En efecto. Ignoro la causa. Así lo es. Como nada y como la noche que pesa sobre mi cuerpo. Como el punto de partida de este encuentro. Como la partida. "Y recordar lo que se siente estar solo, sentado en bajo la luz del sol" . . . traduzco torpemente palabras de una canción. "Future Reflections" . . . Por lo menos de la mañana siguiente. Por lo menos, si es que despierto. Ahora terminó la canción. La última del disco.

(Escucho aún con mayor detenimiento. . . Ah, cierto, ya se acabó el disco).
(Aún no despierto).

Mientras tomo una jarra de café con leche

Había una vez y no me acuerdo cuál era, pero la hubo, lo prometo, donde tomar café estaba prohibido. Tal vez sea ahora (lo digo mientras tomo una jarra de café con leche). Lo había dicho un doctor . . . ¿lo dijo?
La mayoría de las personas conceden certeza a sus doctores. Pero ya conocemos la maldición, mi maldición, nuestra más temida maldición. No es que no le crea a Juan, no. Por supuesto le presto la debida atención, le respeto como cardiólogo y hombre de familia, le agradezco también salvar mi vida. Infinitamente. Simplemente dejé de tener fe en la medicina, general. Sí, en la medicina, en su fin último como disciplina. La venero, pero ¿adónde llegaremos? Por el momento no me gustaría pensar la edad precisa de mi muerte. Simplemente espero no sea por un infarto ni pronto. JAJA. Bromeo, no es tragedia, tan sólo divierte pensarlo. Por lo menos he dejado el tabaco.

Dentro de esa red

Sí, sucedió dentro de esa "red". Así le llaman -e incluso llegan a pretender categorías demasiado exigentes. Sin ir tan lejos, las redes siempre serán sociales. Suponen invariablemente asociaciones. Así sucedió y dejé el rastro de una reacción ante el dibujo de una dama. Extraña. Les pareció triste el caso de alguien hablando en inglés sobre una melancolía atada al goce . . . Se habrá preguntado por qué me tenía en su lista, y espero se haya contestado. Fui yo quien recibió la invitación y acepté sin saber exactamente quién era. Pero suelo olvidar muchos rostros, acepto a todos: ¡mi perfil indica más de 100 amigos! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! Ah, no entiendo ni siquiera por qué escribo en un blog, pero bueno, en ocasiones me divierto. . . .

Como aquel Anuncio

Y entonces comenzó el estruendo. La guerra y su silencio. La gente salía a la calle sin entender muy bien por qué, pero todos abandonaban sus casas u oficinas y gritaban como si estuviesen locos. Parecía el momento indicado para asaltar las tiendas, conservar los mejores productos de cada establecimiento. Entrar sobre todo a librerías o discotecas. Pero no lo hice, simplemente observé a quien escapaba sin cuestionarse siquiera si existía algún indicador de peligro, alguna alarma. Alaridos resonaban entre avenidas y viaductos. Me percaté de que así es todas las mañanas. Señas entre gestos y rostros repiten insultos hasta que el primero da el golpe. De ahí, una reacción en cadena. . . como todo en el mundo, reacción en cadena . . . como aquel anuncio.

Ensayo

Fragmento y vuelvo sobre mí, fragmentado:

- ¡Qué lástima! -grito alto, estrellando la palma de mi mano derecha contra mi frente.

Todos reímos, incluyendo la audiencia. El telón desciende.

Nadie sabe si ya terminó la obra o es un intermedio. Ni siquiera el elenco.

Visto

Me han visto ya. Se montan sobre mi figura. Analizan, buscan sintetizar. No me queda sino esperar el fin de la reunión entre aquellos ojos con mi cuerpo y mi mirada. Aguardar la resolución final. No me gustan estos procesos. Recuerdo bien proclamarme contra "el burócrata" mientras formaba para entregar los papeles de una beca. Lo llamé incluso ser de las tinieblas, criatura cuyo horizonte de experiencia excedía al de quien lo miraba. Me superaba. Me habitó la misma voracidad que a Rimbaud al armarse contra la justicia. Nació en mí y persiste ahora. Ella como yo en mí y en ella. Entonces, habré de ser hablado. Si perdiese la vista y la escucha quizá dejaría de serlo, y de hablar por los demás. Probablemente hasta dejaría de hablar de ella. Tal vez entonces estaría más cuerdo. Por el momento, deberé atenerme a los procesos. A las implicaciones de ser visto. A la Justicia.

El hombre de la motoneta

Al verlo, aún de coche a moto en movimiento, me llamó la atención su apariencia. En mí quedó una impresión de su rostro, su casco de bicicleta amarillo y su motoneta, también amarilla. Recuerdo sus ropas desacomodadas, su saco y camisa semi-desfajada. Su casco igualmente fuera de posición, recostado sobre el lado izquierdo, que reflejaba un tamaño inadecuado para quien lo portaba. Producto de ello, su cabello escapaba por un lado de la pieza de protección y lo confirmo al verlo de nuevo sobre motoneta, esta vez mientras camino en la mañana. Al encontrarme con su mirada, presiento un gesto de reconocimiento. Pero suelo interpretar de más y no he visto a ese hombre de nuevo. Quizá no lo reconocería sin su casco de bicicleta y su motoneta.

Neblina de Mañana

Un camión de construcción sin calcomanía de verificación. De su escape escapa la neblina de mañana.

La luz filtra entre monóxido de carbono y proyecta en la nube la sombra de árboles y de postes de cables.

Después olvidará las sombras hasta llegar a la capa de ozono. Y la derretirá como la mecha a la cera, la neblina de mañana.

Como la Historia y el estruendo del camión, ¡grito! Nadie me escucha, reflejo sorpresa y canto. Retengo hondo el aire y sigo caminando.

La neblina atravieso.
Contra mi país profeso.
(Contra mí mismo).

Imagino

Imagino el taladro sobre un cuerpo tendido en el suelo.
Primero entre el pecho y después sobre el cerebro,
taladro sobre el cuerpo.
Lo hago una y otra vez,
sobre concreto.
(Como las voces de quien detesto).
Sin perder el tiempo, taladro,
ladro, droga y ladrillos lanzo contra el cuerpo.
Lo hago una y otra vez,
sobre concreto.
Imagino el taladro sobre un cuerpo tendido en el suelo.

Fotografía

Registra su ausencia sobre el mostrador de la aerolínea.
Jamás olvidaré cómo viene vestida:
Pendientes de plata en rombo arabesco
Rizos sujetos al reverso
Playera turquesa con ilustración de ensueño
Pantalones de mezclilla
Y unas chanclas que, a excepción de dos líneas,
descubren sus pies de talón a dedos.

Registra su ausencia sobre el mostrador de la aerolínea.

Sería una bella fotografía
Pero yo no soy quien viaja
Por lo cual no traigo cámara
(Aunque sí otras formas de retratarla . . .
estratagemas para a la distancia evocarla).

Registra su ausencia sobre el mostrador de la aerolínea
(Lo recuerdo días después ya sin ella, en mi oficina).

Tendida

Pocas las veces que al regresar a mi cama la encuentro tendida.
Dejó una marca a su salida.
La olfateo, me pregunto si el rastro de presencia intuido,
Su ausencia,
Confirmará esta vez su existencia,
Si la proyectará a futuro.
Otras más: su cabello y dorado espiral,
Sobre la sábana y abajo de la almohada -
En la alfombra.
Tiendo hacia ella y me contesta.
Pocas las veces que al regresar a mi cama la encuentro tendida.
La tendió en la mañana.
Reminiscencia de una sonrisa -esta vez sugiere, no cuestiona.
Yo concedo y repito en voz alta:

"Pocas las veces que al regresar a mi cama la encuentro tendida".

Y ella juega y me pide que no la llame de usted.
Me tiendo a mi vez sobre ella.
Pocas las veces que al regresar a mi cama he de des-tenderla.
Olerla tan fresca.
El momento extiende junto con mi pierna,
Se entrelazan por debajo de la colcha.
¡Fortuna esta noche al regresar a mi cama encontrarla tendida!
De ella una estela tras su partida.

Carro Amarrillo

Señora . . .
¡Señora!
Sí, la llamo a usted, en la camioneta blanca.
¡No se haga boba!
Le traigo un carro amarrillo para que me volteé a ver y distraiga su vista del libro.
¡Señora!
Así la llamo a usted, ¡boba!
¡No sabe leer!

"Yo soy quien te cuida"

Así de nuevo, como toda mañana, salgo de mi casa al trabajo. Hoy el cielo no viste de gris, como ayer. Yo no estoy de humor para el sol que brilla alto, tampoco para salir con veinte minutos de retraso.

No me compete montar estrategias para revertir aquello que pesa sobre mí en este momento. Ante la altura del Sol y nuestro movimiento a su alrededor, no puedo sino moverme con todos.

Salgo tarde y el sol brilla y yo no traigo música. Arrastro mi humanidad y como baba de nopal escurro por la ciudad.

Delante de mí encuentro un Volkswagen Pointer color plata. Lleva una calcomanía en la parte trasera, junto a la placa. Es la flaca, vestida con su tradicional capa negra, ilustrada esta vez con fondo rojo. Debajo lleva la leyenda "YO SOY QUIEN TE CUIDA".

Sonrío. Dejo a mi humanidad en paz y percibo mayor certeza sobre cada paso que doy. Ella me cuida todo el tiempo. Me asegura un final sin muchos rodeos, un final certero y quizá, de todos los desenlaces, el más sincero.

Continúo entonces mi caminata ante la luz de mañana, protegido por el manto de la muerte. El silencio absoluto al poniente de la ciudad. Ya no hace falta un reproductor digital.

Mi andar, por unos instantes, incide sobre el Sol, le pesa. Por mi cuenta, me siento ligero sobre la carretera. Como en casa.

Son de Noche

Son de Noche y nadie baila. Quizá, entre distracciones, las notas huyen. Discurro por la alameda y cruzo la calle y abordo la acera. Entonces, transmito la orden y el artefacto responde: canta a mis oídos y cantará toda la subida.

Abordada la acera, discurro sobre ella como lo hiciera sobre la alameda. De pronto, recuerdo su rostro y su canto al recostarse sobre mi pecho y cruzar su pierna sobre mi vientre.

Sin embargo a otros, ni embargado a mí mismo. En todo caso, una orquesta retoca en E(co) Menor lo originalmente escrito.

El amor ya hecho y olfateo otra vez su surco y veo cómo reincido. De inmediato deviene a la lejanía, dentro de aquella recámara, la Historia.

La imagino como una mecha y cómo ésta derrite la cera, o como lápiz y goma y cómo frota el polímero sobre los restos del grafito -o, en otro Orden más, un simple “Control + Z”.

Siempre habrá un registro: hoy resuena un Son de Noche y nadie baila.

Lo hago solo durante toda la caminata. Ante mis pasos, mi artefacto conserva las baterías y reproduce a mi oído aquel Nocturno del trabajo a casa. No es Chopin, por desgracia.

Sobre acera una grieta y otra más y otra más encima y se cruzan y . . . (normal en esta Ciudad) . . . Y yo, lejos también de ser Chopin, voy brincando entre tajos de calle y rutina. Asciendo cuadra tras cuadra por la pendiente hasta llegar a la autopista.

En la carretera y sin carreta mi aliento regresa y lo hace también mi pensamiento (regresar sin máquina externa al pasear).

Miro delante tras recordar y recobrarme del suspiro. Ahora todo parece despejado. Ando a contraflujo, las luces de los automóviles no molestan, tampoco el estruendo de los camiones. Inclusive no inquietan las punzadas en mis piernas o el dolor de cabeza o mis rótulas que engañan ya vejez.

Camino.

Pesa, sin avisar, el brillo del recuerdo, la viveza imaginada en el documento y, también, oprime el voltaje impreso por la memoria. Igual la veladora de la Historia. Estas palabras. Y mi párpado que involuntariamente tiembla y danza ante la rebeldía de mis nervios o su canto fluyendo a través de ellos, los nervios. . . Todo aquello pesa.

Y también lo hace mi cuerpo cuando la última grieta , antes de doblar en la esquina de casa, me hace tropezar sobre la acera interrumpiendo el compás del Son de la noche y del Nocturno de mi caminata. También el canto de la mujer amada y el andar, sobre todo, de aquella que derrite la cera hasta agotada su mecha. Sin ser sin cera, la vela. Y yo sin ella. No me queda sino soltar una carcajada.

Fruta en Greca

Encuentro entre el largo del Peripatos y el fresco amargo y sombrío del Peristilo una Fruta en Greca. Todo lo que la rodea, a la península helénica, considerado podrido por el Honorable H.

De Ella emana un dulce aroma mientras aguarda una mordida. Su dulzura -a todo mundo- le es exclusiva. ¡Vaya amargura! La confitura no le es propia a Pueblos Bárbaros, quienes aún después de años viven alrededor no sólo de Grecia, sino de toda la Tierra.

Motivo del borborigmo que me aqueja:
"¡boar boar! ¡boar boar! ¡boar boar!" . . .
Mi canto extiende el horizonte . . .

Soy extranjero y para muchos, también, bárbaro por foráneo, lunático por desquiciado, selenita de nacimiento incluso tras descubrir mis párpados en México. Pienso en Luciano de Samósata y su "Verdadera Historia". Yo no sé absolutamente nada ni de la Historia ni de la Verdad. Pero me convenzco de que sus palabras no son mentira: si él llegó a la Luna en el año 150 partiendo de Siria, ¿Por qué yo no podría? Tal vez porque encontré, entre el recuerdo del Peristilo y el Peripatos, una Fruta en Greca (pero sobre todo, le creí de más al honorable H. -desde antes de leerlo . . .- ).